dijous, 18 de setembre de 2008

A l'homenatge a Don Severiano, mestre a Barrado (Cáceres)

NUNCA ES TARDE PARA RELLENAR LAS LAGUNAS DE LA HISTORIA…

Antonio Sánchez-Marín

No desaparece lo que muere, sólo lo que se olvida. …Y es mucho el silencio que se cernió sobre ellos. Nadie hablaba de ellos, solo se les memorizaba en la intimidad de sus familias. Ni estaban vivos, ni muertos, sólo desaparecidos. Durante muchos años fueron muertos sin tumba, ni lápida, ni flor que les recordara. A la crueldad de su muerte se añadió la del criminal olvido.

Por eso el arrancar una placa que conmemoraba el reconocimiento de Severiano, como se hizo aquí, lo considero un acto criminal pues un acto tan vandálico como éste mata otra vez su recuerdo.

A sus viudas, a sus madres…, a sus familiares, en definitiva, se les negó la existencia del hecho luctuoso. Y así hasta ahora en que muchos estamos reclamando su memorización, su recuerdo. Por esto el valor es este homenaje, de este reconocimiento de su existencia, de su valor, del valor de sus vidas, de su dignificación, de su vivificación moral, de su visualización, de su resurrección, si se me permite la licencia, aunque sea nada más que tener constancia de su vida y de su muerte.

Nosotros rescatamos, haciéndolo extensivo a todos los familiares de aquellas víctimas inocentes, el grito, desgarrador, trémulo, enternecedor y rompedor de muchas amorfas conciencias, que hizo Hilda Farfante Gallo en el homenaje a sus padres, Ceferino Farfante y Balbina Gallo, Maestros de Cangas de Narcea, Asturias, muertos trágicamente en los primeros meses del levantamiento sedicioso, cuando, con voz embargada por la emoción y quebrada por el sufrimiento, dijo:

Grito, en primer lugar por ellos, por su injusta, inútil y terrible muerte, por su miedo, por su dolor, por su juventud truncada, por la vida que no vivieron.
Y grito por nosotros, los que nos quedamos sin ellos, a merced de sus asesinos que se pasaron cuarenta años insultándoos, pisoteándoos, y diciendo mentiras y más mentiras sobre vuestra vida y sobre vuestra muerte.
Grito y vuelvo a gritar por todo lo que tuvimos que aguantar y que callar.
Y grito por las viudas, que vivieron y murieron con la boca bien apretada para que no se les escapara este mismo grito nuestro. Y por todos los hijos y demás familiares que ya no están aquí, porque se fueron.
Y grito sobre todo la verdad, vuestra verdad, la única verdad “que os inmolaron en estos montes por amar causas justas”.
Y con Miguel Hernández digo:
Que mi voz suba a los montes
Que baje a la tierra y tiemble
Eso pide mi garganta
Desde ahora y desde siempre.